Abel Cornejo. Memorias de un Primer Encuentro: La Fragilidad del Poder
Judicial en la Reconstrucción de la Memoria
(Fernando Pequeño con NotebookLM y
Claude, ene 2026)
El 3 de julio de 2006, Fernando Pequeño Ragone, nieto del
gobernador Miguel Ragone, se reunió por primera vez con el Dr. Abel Cornejo, el
juez a cargo de la causa por el asesinato de su abuelo. Este encuentro, constituye
un testimonio excepcional sobre las tensiones y desafíos que enfrentaba el
sistema judicial argentino en los albores de la reapertura de los juicios por
delitos de lesa humanidad.
Las notas de memoria de Fernando registran un momento
histórico peculiar: el nacimiento de una alianza estratégica entre un
magistrado sitiado por las estructuras judiciales conservadoras y un familiar
que había transitado del dolor privado hacia una militancia técnica y
pragmática. En aquella conversación se condensaban tres décadas de impunidad,
las esperanzas depositadas en el nuevo marco legal post-anulación de las leyes
de obediencia debida y punto final, y las resistencias de una élite local que, según
ambos interlocutores, seguía estructurando poder desde la dictadura.
El Dr. Cornejo se presentó ante Fernando como un hombre de
leyes cuya trayectoria profesional precedía al terrorismo de Estado, pero cuya
actuación presente estaba marcada por una lucha desigual contra los obstáculos
institucionales. Su descripción del juzgado revelaba una precariedad
estructural alarmante: falta de personal especializado, ausencia de
equipamiento informático básico, y la negativa sistemática de la Corte
provincial para crear una secretaría de Derechos Humanos que agilizara las
causas. Más grave aún, denunciaba que la Cámara de Apelaciones saboteaba
constantemente su labor, anulando resoluciones mediante tecnicismos procesales
y demorando años en resolver recursos simples, favoreciendo así la impunidad.
Esta denuncia del magistrado sobre los "vericuetos
procesales" empleados por las instancias superiores ilustra una realidad
que trasciende el caso particular: la existencia de resistencias sistémicas
dentro del propio Poder Judicial hacia la investigación de los crímenes de lesa
humanidad. El juez defendía su legitimidad rechazando las acusaciones de ser un
"juez de la dictadura", argumentando que su nombramiento había sido
democrático y que su compromiso actual era con la verdad histórica plasmada en
el expediente.
Por su parte, las notas de Fernando revelan una postura
marcadamente pragmática y estratégica. Consciente de que la causa se había
estancado anteriormente por diferencias ideológicas y lo que él consideraba la
"demagogia" de abogados previos como Daniel Tort, Fernando planteaba
la necesidad de fortalecer tanto al fiscal instructor —percibido como
"débil" y "maleable"— como al propio juez, para evitar que
la causa volviera a paralizarse. Su enfoque era claro: alejarse de victimizaciones
o posturas ideológicas que habían resultado contraproducentes, y concentrarse
en "cuidar el mecanismo institucional".
La estrategia de Fernando incluía una dimensión política
explícita. Proponía utilizar contactos de alto nivel —como el senador Marcelo
López Arias o incluso llegar a la entonces senadora Cristina Kirchner— para
garantizar recursos y apoyo nacional a la investigación en Salta. Esta apuesta
por la "dinámica política" y el contacto con el poder ejecutivo
nacional como motor de cambio contrastaba sutilmente con la visión más
escéptica del juez, quien advertía que, independientemente de la voluntad
política, eran los tiempos y las "trampas" del código de
procedimientos los que definirían el éxito o fracaso de la causa.
Además de la dimensión judicial, Fernando compartió con
Cornejo una reflexión más íntima: sostenía que el proceso judicial, más allá
del resultado final, funcionaba como una herramienta de sanación interna para
la familia tras treinta años de exclusión y silencio. Esta reconstitución
familiar a través del mecanismo judicial evidencia cómo, para muchas víctimas
del terrorismo de Estado, el proceso penal trasciende la función punitiva para
convertirse en un espacio de reparación simbólica y reconstrucción identitaria.
El encuentro también documentó divergencias menores pero
significativas entre ambos interlocutores. Mientras Fernando mostraba
curiosidad por una posible colaboración con otros magistrados como Lona o
Hansen, el juez Cornejo se mostraba más reservado, alertando sobre la
fragilidad que estos actores podían imponer al sistema. Esta diferencia de
perspectiva sobre los aliados potenciales dentro del Poder Judicial refleja la
complejidad del escenario: no todos los jueces estaban igualmente comprometidos
con el impulso de estas causas, y la evaluación de lealtades y confiabilidades
era un ejercicio constante de supervivencia procesal.
Desde la perspectiva actual, estas notas de memoria de
Fernando Pequeño Ragone resultan invaluables. Revelan las "costuras"
del sistema judicial en un momento de transición histórica: la soledad de
ciertos magistrados frente a estructuras jerárquicas conservadoras, la
transformación de los familiares de desaparecidos en estrategas jurídicos, y la
gestación de una infraestructura institucional —como las secretarías
especializadas— que hoy se dan por sentadas pero que fueron el resultado de
luchas concretas y cotidianas.
El primer encuentro entre Fernando y el Dr. Cornejo no fue,
entonces, una simple reunión protocolar entre querellante y magistrado. Fue el
inicio de una alianza estratégica donde ambos actores reconocían sus
respectivas vulnerabilidades y fortalezas: Fernando necesitaba un juez
comprometido y técnicamente sólido; Cornejo necesitaba querellantes que
validaran su actuación y presionaran por los recursos que el sistema le negaba.
Juntos, enfrentaban no solo la impunidad de los perpetradores directos de crímenes
atroces, sino también las resistencias de un entramado institucional que, aún
en democracia, protegía los privilegios heredados del terrorismo de Estado.
Estas memorias nos recuerdan que la justicia transicional no
se construye únicamente con leyes o decisiones políticas de alto nivel. Se teje
también en encuentros como este: en juzgados precarios, entre personas que
debieron aprender derecho procesal para poder reclamar verdad, y con
magistrados que eligieron defender su independencia aun a costa de enfrentar la
hostilidad de sus propios colegas. La reapertura de los juicios por delitos de
lesa humanidad fue, antes que un triunfo jurídico o político, el resultado de
estas alianzas frágiles, tensas y profundamente humanas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario